Hola a tod@s! Bueno creo que ya iba siendo hora de que subiese las historias ganadoras del concurso de relatos de Vampire Love xD, estaban decididos ya desde hace unas semanas pero no las habia podido subir.
En total han sido 8 historias las que nos habeis mandado, todas estaban geniales pero como ya sabiais solo podiamos elegir tres, esta vez han sido todo chicas las ganadoras (entre otras cosas porque solo ha participado un chico, aver si os animais eh?? xD) ellas ya saben que han ganado y ahora solo nos falta hacerles llegar los premios ya que esta habiendo un poco de retraso por el cambio de contacto en la editorial, y tambien les falta vuestra opinion ^^ asique animaos a leerlas y dejar vuestra opinion porque merecen la pena! :DY por ultimo le queria dar las gracias a Khris por haberme ayudado como jurado en el primer concurso del blog ^^.
Y a continuacion os dejo con las historias ganadoras.
~NiiKa~
EL ANGEL GUARDIAN **Florencia Gietz**
Extracto:
En circunstancias normales de la vida, y aunque los humanos no noten su presencia, Ángeles y Demonios se mueven alrrededor de ellos; los primeros ayudándolos a ser mejores personas y los segundos tentándolos a los placeres del pecado.
Sin embargo, en este mundo sobrenatural cualquier otra cosa podría pasar.
Un Ángel podría enamorarse de su Protegido y estar dispuesto a sacrificarlo todo por él.
Un Demonio podría, al contrario de su obligación, intimar con un humano y corromperlo de forma directa.
¿Qué sucedería si las acciones del Ángel y el Demonio estuvieran enfocadas... a la misma persona?
Historia:
Aquéllo era una cuestión natural, sin esfuerzo. Era casi como respirar; o bueno, si yo pudiera respirar. En todo caso, como sería respirar para los humanos. Así era mi relación con William.Nos llevábamos maravillosamente; bueno, tal vez porque yo no podía permitirme otra cosa, no podía considerar distanciarme ni un poquito de su existencia: yo, Colene, de diecisiete años, era su Ángel de la Guarda.
Sí, al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, los Ángeles Guardianes existen, y supongo seguirán existiendo, adoptando sigilosamente el aspecto físico de un humano y vigilando a la persona que les es asignada. También se encargan de defenderlos de los demonios; que se entrometen para tentarlos, enfermarlos, torcer su mente con viles pensamientos e incluso matarlos. Así, conviven en la Tierra tanta cantidad de ángeles y demonios como de humanos, mezclándose entre la multitud para pasar desapercibidos en su condición inmortal e invisible, excepto cuando adoptan con algún propósito el aspecto de una persona.
Yo tenía la suerte de que mi Protegido tenía mi misma edad (aunque en el Cielo se cuenta diferente) y pude entonces asistir a su misma escuela, por lo que además de ser su Guardiana yo era su amiga.
Su mejor amiga.
Pasábamos muchísimo tiempo juntos en la escuela, hacíamos los deberes y por las tardes salíamos a pasear. Por supuesto que cuando él no me veía yo también estaba cuidándolo, despojada de mi cuerpo físico y revoloteando con mis preciosas alas blancas y relucientes en lo alto de la ciudad.
Y como era casi su sombra lo conocía mejor que nadie. Seguro mejor que su propia madre.Sabía qué quería decir con cada gesto en su rostro, o los sentimientos que expresaban sus miradas. También podía predecir sus pensamientos y la mayoría de las veces no fallaba. A lo mejor por eso nunca discutíamos; yo sabía qué esperar de él y qué cosas no debía decir o hacer en su presencia.
Lo más extraño de todo el asunto era lo que yo sentía.
Yo lo amaba. Así, tal como lo conocía. Amaba sus extraordinarias virtudes, pero tambien admiraba sus defectos, y el empeño que ponía en repararlos. Atesoraba los momentos en los que me sonreía, y las veces en que me dedicaba cálidas miradas y me permitía hundirme en sus ojos verdes. Cuando a veces me tomaba de la mano y me guiaba hacia el Instituto, yo aún estando algo somniolenta... Estaba segura de que si él hubiera nacido ángel habríamos terminado juntos. Pero ese no era el caso...
Por otra parte, Will era afortunado: nunca se había enfermado ni lastimado, ni siquiera un mínimo rasguño. Además de que le había ayudado, con el aura de bondad que solemos despedir de nuestro cuerpo los ángeles, a resolver los problemas que tenía con sus padres y sus hermanos. En el curso todos lo apreciaban. Y nunca, nunca, se había topado con un espíritu maligno.Debería estar agradecido. O eso creía...
* * *
Cuando comenzaba el otoño de nuesto último curso en el instituto secundario, apareció en la clase una alumna nueva: recién se mudaba de una ciudad muy lejana, esperaba hacer muchos amigos, blah, blah, blah... lo tradicional con estas personas. En mis seis años de secundario siempre era la primera que socializaba con los nuevos, y ayudaba así a que Will también fuera su amigo. No obstante, algo no me cerraba de aquélla Jezebel, no me sentía bien en su presencia y no podía evitar sentir escalofríos en la espalda.
Desafortunadamente, a mi Protegido no le ocurría lo mismo con ella. Ni a mis compañeros de Instituto: ella tenía una figura preciosa, delicadas maneras, una piel de satén blanquecina y un cabello interminable color castaño.
De golpe y sopetón eran mejores amigos. Todas las salidas entre él y yo se transformaron en un grupo de tres. Y la diversión de Jezebel era discutirme, ponerme en ridículo, y convencer a Will de que mi compañía no valía la pena.
Pero no me podía dejar acobardar por ella. Yo tenía mis sentimientos, y necesitaba decírselos a mi amigo. Ya desde el invierno anterior lo había estado pensando... había decidido renunciar a mis alas, a mi calidad de ángel. Siendo yo su eterna compañera, no había razón para que rechazara el amor que sentía. Lo único que tenía que hacer para ser desterrada del Cielo era revelarle mi verdadera identidad; una simple frase haría que abandonase mi espíritu angelical y permaneciera en mi cuerpo humano para siempre. Así, podría pasar mi vida con él y, aunque sería una vida efímera y mortal, sería más fructífera y placentera que la mía como ángel, eterna y solitaria.
—¡Hola Colene! —me saludó mi amparado una mañana cuando nos encontramos de camino al colegio—. ¿Qué te cuentas?
—Nada en especial —contesté, aunque luego se me ocurrió algo para preguntarle. No sé cómo no lo había hecho antes—. Oye, Will... ¿tú crees en ángeles y demonios y esas cosas?Se paró y me observó durante un momento. Luego volvió la vista a la calle y continuó andando.
—¡Vaya preguntas las tuyas! —rió—. Supongo que creo en su existencia. No se ve tan imposible, ¿verdad? Representan el bien y el mal en el mundo. Aunque me gustaría ver a algún demonio o un ángel volando por ahí...
Me carcajeé ante la idea de que él me viera sobvevolando la ciudad. ¡Menudo susto se daría!
—Sí, tienes razón, sería interesante —acepté.
—¡Wiiiiilliaaaaaaaaaaaaaaam! —se escuchó entonces que lo llamaban, nos dimos la vuelta para comprobar que se trataba de Jezebel, utilizando la dulce voz que adoptaba cuando hablaba con él.
—¡Hola, linda! ¿Cómo has estado?
—De las mil maravillas, Willy —me dirigió una mirada de fuego con aquéllos irracionales ojos negros, era su saludo a mi persona, y luegó le clavó la mirada a mi Protegido—. ¿Vamos?
Él asintió y me miró:
—¡Adiós, Colene! ¡Nos vemos allá!
Sí, conversaiones como aquélla, en las que "Jezz", como él la llamaba, intervenía y yo quedaba excluída ya eran moneda corriente. ¿Qué le estaba ocurriendo a mi amigo?
Antes de que me diera cuenta, William era una persona completamente diferente.
Ya no hacía los deberes, ni conmigo ni con nadie. Le gustaba molestar a los profesores, discutía con sus padres y se enzarzaba en violentas contiendas con sus hermanos. Tenía pensamientos egoístas, macabros, aterradores. Ignoraba a sus compañeros de curso y... me hería con constancia.
Lo peor de todo era que él creía que sus actos eran correctos. Cuando intentaba convencerlo de lo contrario, se daba la vuelta e iba a reunirse con la castaña. Y así, de a poco, se iba olvidando de mí.
* * *
Recibí un mensaje del Cielo dos semanas después. Godren el Arcángel, mi superior, me llamaba. Con suerte, no sería ningún regaño o algo por el estilo.
—¡Colene, Ángel Guardián Primera Categoría! —me llamó ni bien me vió. Era un espíritu anciano, aunque lleno de jovialidad y sabiduría. No obstante, en aquél momento, denotaba una expresión de total preocupación.
—Dios te guíe, Sabio Arcángel —pronuncié cuando me acerqué, pero él no tenía tiempo para formalidades.
—¿Te has dado cuenta de quién está merodeando cerca de tu Protegido? —me acusó, impasible—. Demasiado cerca, diría... ¡Es un demonio, Colene! ¡Jezebel Rocco es un demonio!
—No puede ser —refuté, confundida—. Habría notado su existencia antes.
—Has estado demasiado ocupada en la tuya como para darte cuenta. Ha sido irresponsable de tu parte. Ahora, ¡regresa y acaba con el demonio antes de que sea demasiado tarde!Aún estupefacta, y dolida por no haber sido capaz de custodiar a Will como es debido, me aparté de Godren. Sabía exactamente lo que debía hacer.
"¡Proteger a Will! ¡Destruir al demonio!", gritaba una voz en mi interior.
Una vez en la Tierra, no me fue difícil localizar la dirección del espíritu maligno y me dirigí con prisa hacia allí. Cambié a mi aspecto humano y toqué el timbre.
Lo que no me esperaba fue que detrás de la puerta me esperaba mi amigo.
—¡Colene! —exclamó, sorprendido. Los dos debíamos de tener la misma expresión de estupefacción en el rostro—. Colene, ¿qué haces aquí?Antes de darme tiempo a contestar, apareció mi enemiga.
—¡Ah, pero si eres tú! —se rió Jezebel, y luego dulcificó su voz—. Willy, amor, necesito hablar con ella a solas. Por favor, espéranos afuera.¡Algo que el demonio hacía bien, convencerlo de que quedara fuera de la contienda! Con la facilidad que tenía para dominarlo, mi amparado no tardó en salir. Avancé unos pasos, desafiante, y cerré la puerta detrás de mí. Enseguida, las dos adaptamos nuestras formas naturales.
Yo desplegué mis resplandecientes alas y mi vestimenta se transformó en una inmaculada toga. Jezebel, en cambio, literalmente ardió: sus ojos y su cabello parecían estar en llamas. El vestido rojo del que se había hecho le ajustaba las formas, pero me distraje con sus alas; eran negras, pequeñas y sin plumas, igualitas a las de un repugnante murciélago.
—Por fin, angelito blandengue... Creí que nunca lo descubrirías. Incluso yo...
—No tengo tiempo para esto —la corté, desenfundando de mi toga mi Arco de Plata, el que utilizaban todos los ángeles para acabar con los demonios.
Pero ella fue más rápida.
En una milésima de segundo formó con las manos una enorme esfera negra de energía negativa que lanzó contra mí. Me moví demasiado tarde y el ataque me golpeó el costado, absorbiendo buena parte de mis fuerzas. Si no me hubiera desplazado ya habría desaparecido.
—¡Penoso, inútil! —exclamó el demonio, y se dispuso a formar una esfera aún más grande, esta vez coronada con llamas—. ¡No me robarás a mi juguete!
Una lágrima rodó veloz por mi mejilla ante aquél insulto. Su pensamiento era demasiado perverso, considerar a un ser humano un simple instrumento de diversión...Lanzó la esfera. Justo a tiempo me envolví en mis amplias alas, que me sirvieron de escudo.
Me mantuve en aquélla posición, segura de que ella no tendría aquél beneficio pues las suyas eran diminutas. Dejé que la intriga picara en su mente mientras preparaba el arco y la flecha.
Y luego... con la rapidez que siempre había tenido, salí de mi escondite y le disparé.Si había algo en lo que destacaba, era mi puntería. A lo mejor era torpe y descuidada, incapaz de reconocer un demonio que se paseaba ante mis narices... pero nadie me ganaba en puntería.La flecha de plata impactó directo en su corazón. O bueno, el lugar donde ellos deberían tener un alma o algo así. Jezebel se la quitó rapidamente, pero ya era demasiado tarde. Del punto donde había estado la flecha comenzaba a manar un viscoso líquido oscuro como el carbón. Su imagen se fue desvaneciendo... Y así, de a poco y entre improperios y gritos desgarradores, el demonio desapareció para siempre. Lo único que quedaba era su cuerpo humano, que tenía una herida mortal en el corazón y las ropas manchadas de sangre.
Regresé a mi condición mundana.Entonces William entró en la habitación destrozada y se dirigió a la castaña, asustadísimo.
* * *
Mi Protegido jamás me perdonó por lo que había hecho. Ante la situación con la que se encontró cuando regresó al departamento, no pudo más que deducir que yo había matado a su novia, su amor. Y como los ángeles no podemos mentir (excepto en cuanto a nuestra naturaleza), cuando me preguntó tuve que aceptarlo.Luego siguieron sus acusaciones acerca de celos desquiciados y enfermedades mentales, pero intenté no inmutarme por aquéllas mentiras.Mi yo anterior fácilmente le habría develado que era un ángel y la verdadera razón por la que había matado a Jezebel, aceptando el precio de perder mi lugar en el Cielo y mi oficio de Guardiana, nada más que para no soportar que Will no me dirigiera la palabra.Pero había aprendido mi lección. Todo lo que él me había hecho pasar y el enfrentamiento con el demonio me habían servido para aprender que no me dejaría afectar por un humano cuyas emociones y pensamientos eran tan volátiles como el tiempo. Intentaría que me perdonase, sí, y lo seguiría cuidando por el resto de su vida mortal, amándolo de forma que un padre ama a su hijo. Y luego me sería asignado otro Protegido al que adoraría de la misma manera, y así continuaría la cadena por el resto de la eternidad, una eternidad feliz.
A lo mejor hallaba un compañero en el cielo, pero eso ya no se encontraba en primer plano para mí. Mi prioridad era proteger. Después de todo, yo era un Ángel Guardián, y eso es lo que los ángeles deben hacer.
FIN
Extracto:
En circunstancias normales de la vida, y aunque los humanos no noten su presencia, Ángeles y Demonios se mueven alrrededor de ellos; los primeros ayudándolos a ser mejores personas y los segundos tentándolos a los placeres del pecado.
Sin embargo, en este mundo sobrenatural cualquier otra cosa podría pasar.
Un Ángel podría enamorarse de su Protegido y estar dispuesto a sacrificarlo todo por él.
Un Demonio podría, al contrario de su obligación, intimar con un humano y corromperlo de forma directa.
¿Qué sucedería si las acciones del Ángel y el Demonio estuvieran enfocadas... a la misma persona?
Historia:
Aquéllo era una cuestión natural, sin esfuerzo. Era casi como respirar; o bueno, si yo pudiera respirar. En todo caso, como sería respirar para los humanos. Así era mi relación con William.Nos llevábamos maravillosamente; bueno, tal vez porque yo no podía permitirme otra cosa, no podía considerar distanciarme ni un poquito de su existencia: yo, Colene, de diecisiete años, era su Ángel de la Guarda.
Sí, al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, los Ángeles Guardianes existen, y supongo seguirán existiendo, adoptando sigilosamente el aspecto físico de un humano y vigilando a la persona que les es asignada. También se encargan de defenderlos de los demonios; que se entrometen para tentarlos, enfermarlos, torcer su mente con viles pensamientos e incluso matarlos. Así, conviven en la Tierra tanta cantidad de ángeles y demonios como de humanos, mezclándose entre la multitud para pasar desapercibidos en su condición inmortal e invisible, excepto cuando adoptan con algún propósito el aspecto de una persona.
Yo tenía la suerte de que mi Protegido tenía mi misma edad (aunque en el Cielo se cuenta diferente) y pude entonces asistir a su misma escuela, por lo que además de ser su Guardiana yo era su amiga.
Su mejor amiga.
Pasábamos muchísimo tiempo juntos en la escuela, hacíamos los deberes y por las tardes salíamos a pasear. Por supuesto que cuando él no me veía yo también estaba cuidándolo, despojada de mi cuerpo físico y revoloteando con mis preciosas alas blancas y relucientes en lo alto de la ciudad.
Y como era casi su sombra lo conocía mejor que nadie. Seguro mejor que su propia madre.Sabía qué quería decir con cada gesto en su rostro, o los sentimientos que expresaban sus miradas. También podía predecir sus pensamientos y la mayoría de las veces no fallaba. A lo mejor por eso nunca discutíamos; yo sabía qué esperar de él y qué cosas no debía decir o hacer en su presencia.
Lo más extraño de todo el asunto era lo que yo sentía.
Yo lo amaba. Así, tal como lo conocía. Amaba sus extraordinarias virtudes, pero tambien admiraba sus defectos, y el empeño que ponía en repararlos. Atesoraba los momentos en los que me sonreía, y las veces en que me dedicaba cálidas miradas y me permitía hundirme en sus ojos verdes. Cuando a veces me tomaba de la mano y me guiaba hacia el Instituto, yo aún estando algo somniolenta... Estaba segura de que si él hubiera nacido ángel habríamos terminado juntos. Pero ese no era el caso...
Por otra parte, Will era afortunado: nunca se había enfermado ni lastimado, ni siquiera un mínimo rasguño. Además de que le había ayudado, con el aura de bondad que solemos despedir de nuestro cuerpo los ángeles, a resolver los problemas que tenía con sus padres y sus hermanos. En el curso todos lo apreciaban. Y nunca, nunca, se había topado con un espíritu maligno.Debería estar agradecido. O eso creía...
* * *
Cuando comenzaba el otoño de nuesto último curso en el instituto secundario, apareció en la clase una alumna nueva: recién se mudaba de una ciudad muy lejana, esperaba hacer muchos amigos, blah, blah, blah... lo tradicional con estas personas. En mis seis años de secundario siempre era la primera que socializaba con los nuevos, y ayudaba así a que Will también fuera su amigo. No obstante, algo no me cerraba de aquélla Jezebel, no me sentía bien en su presencia y no podía evitar sentir escalofríos en la espalda.
Desafortunadamente, a mi Protegido no le ocurría lo mismo con ella. Ni a mis compañeros de Instituto: ella tenía una figura preciosa, delicadas maneras, una piel de satén blanquecina y un cabello interminable color castaño.
De golpe y sopetón eran mejores amigos. Todas las salidas entre él y yo se transformaron en un grupo de tres. Y la diversión de Jezebel era discutirme, ponerme en ridículo, y convencer a Will de que mi compañía no valía la pena.
Pero no me podía dejar acobardar por ella. Yo tenía mis sentimientos, y necesitaba decírselos a mi amigo. Ya desde el invierno anterior lo había estado pensando... había decidido renunciar a mis alas, a mi calidad de ángel. Siendo yo su eterna compañera, no había razón para que rechazara el amor que sentía. Lo único que tenía que hacer para ser desterrada del Cielo era revelarle mi verdadera identidad; una simple frase haría que abandonase mi espíritu angelical y permaneciera en mi cuerpo humano para siempre. Así, podría pasar mi vida con él y, aunque sería una vida efímera y mortal, sería más fructífera y placentera que la mía como ángel, eterna y solitaria.
—¡Hola Colene! —me saludó mi amparado una mañana cuando nos encontramos de camino al colegio—. ¿Qué te cuentas?
—Nada en especial —contesté, aunque luego se me ocurrió algo para preguntarle. No sé cómo no lo había hecho antes—. Oye, Will... ¿tú crees en ángeles y demonios y esas cosas?Se paró y me observó durante un momento. Luego volvió la vista a la calle y continuó andando.
—¡Vaya preguntas las tuyas! —rió—. Supongo que creo en su existencia. No se ve tan imposible, ¿verdad? Representan el bien y el mal en el mundo. Aunque me gustaría ver a algún demonio o un ángel volando por ahí...
Me carcajeé ante la idea de que él me viera sobvevolando la ciudad. ¡Menudo susto se daría!
—Sí, tienes razón, sería interesante —acepté.
—¡Wiiiiilliaaaaaaaaaaaaaaam! —se escuchó entonces que lo llamaban, nos dimos la vuelta para comprobar que se trataba de Jezebel, utilizando la dulce voz que adoptaba cuando hablaba con él.
—¡Hola, linda! ¿Cómo has estado?
—De las mil maravillas, Willy —me dirigió una mirada de fuego con aquéllos irracionales ojos negros, era su saludo a mi persona, y luegó le clavó la mirada a mi Protegido—. ¿Vamos?
Él asintió y me miró:
—¡Adiós, Colene! ¡Nos vemos allá!
Sí, conversaiones como aquélla, en las que "Jezz", como él la llamaba, intervenía y yo quedaba excluída ya eran moneda corriente. ¿Qué le estaba ocurriendo a mi amigo?
Antes de que me diera cuenta, William era una persona completamente diferente.
Ya no hacía los deberes, ni conmigo ni con nadie. Le gustaba molestar a los profesores, discutía con sus padres y se enzarzaba en violentas contiendas con sus hermanos. Tenía pensamientos egoístas, macabros, aterradores. Ignoraba a sus compañeros de curso y... me hería con constancia.
Lo peor de todo era que él creía que sus actos eran correctos. Cuando intentaba convencerlo de lo contrario, se daba la vuelta e iba a reunirse con la castaña. Y así, de a poco, se iba olvidando de mí.
* * *
Recibí un mensaje del Cielo dos semanas después. Godren el Arcángel, mi superior, me llamaba. Con suerte, no sería ningún regaño o algo por el estilo.
—¡Colene, Ángel Guardián Primera Categoría! —me llamó ni bien me vió. Era un espíritu anciano, aunque lleno de jovialidad y sabiduría. No obstante, en aquél momento, denotaba una expresión de total preocupación.
—Dios te guíe, Sabio Arcángel —pronuncié cuando me acerqué, pero él no tenía tiempo para formalidades.
—¿Te has dado cuenta de quién está merodeando cerca de tu Protegido? —me acusó, impasible—. Demasiado cerca, diría... ¡Es un demonio, Colene! ¡Jezebel Rocco es un demonio!
—No puede ser —refuté, confundida—. Habría notado su existencia antes.
—Has estado demasiado ocupada en la tuya como para darte cuenta. Ha sido irresponsable de tu parte. Ahora, ¡regresa y acaba con el demonio antes de que sea demasiado tarde!Aún estupefacta, y dolida por no haber sido capaz de custodiar a Will como es debido, me aparté de Godren. Sabía exactamente lo que debía hacer.
"¡Proteger a Will! ¡Destruir al demonio!", gritaba una voz en mi interior.
Una vez en la Tierra, no me fue difícil localizar la dirección del espíritu maligno y me dirigí con prisa hacia allí. Cambié a mi aspecto humano y toqué el timbre.
Lo que no me esperaba fue que detrás de la puerta me esperaba mi amigo.
—¡Colene! —exclamó, sorprendido. Los dos debíamos de tener la misma expresión de estupefacción en el rostro—. Colene, ¿qué haces aquí?Antes de darme tiempo a contestar, apareció mi enemiga.
—¡Ah, pero si eres tú! —se rió Jezebel, y luego dulcificó su voz—. Willy, amor, necesito hablar con ella a solas. Por favor, espéranos afuera.¡Algo que el demonio hacía bien, convencerlo de que quedara fuera de la contienda! Con la facilidad que tenía para dominarlo, mi amparado no tardó en salir. Avancé unos pasos, desafiante, y cerré la puerta detrás de mí. Enseguida, las dos adaptamos nuestras formas naturales.
Yo desplegué mis resplandecientes alas y mi vestimenta se transformó en una inmaculada toga. Jezebel, en cambio, literalmente ardió: sus ojos y su cabello parecían estar en llamas. El vestido rojo del que se había hecho le ajustaba las formas, pero me distraje con sus alas; eran negras, pequeñas y sin plumas, igualitas a las de un repugnante murciélago.
—Por fin, angelito blandengue... Creí que nunca lo descubrirías. Incluso yo...
—No tengo tiempo para esto —la corté, desenfundando de mi toga mi Arco de Plata, el que utilizaban todos los ángeles para acabar con los demonios.
Pero ella fue más rápida.
En una milésima de segundo formó con las manos una enorme esfera negra de energía negativa que lanzó contra mí. Me moví demasiado tarde y el ataque me golpeó el costado, absorbiendo buena parte de mis fuerzas. Si no me hubiera desplazado ya habría desaparecido.
—¡Penoso, inútil! —exclamó el demonio, y se dispuso a formar una esfera aún más grande, esta vez coronada con llamas—. ¡No me robarás a mi juguete!
Una lágrima rodó veloz por mi mejilla ante aquél insulto. Su pensamiento era demasiado perverso, considerar a un ser humano un simple instrumento de diversión...Lanzó la esfera. Justo a tiempo me envolví en mis amplias alas, que me sirvieron de escudo.
Me mantuve en aquélla posición, segura de que ella no tendría aquél beneficio pues las suyas eran diminutas. Dejé que la intriga picara en su mente mientras preparaba el arco y la flecha.
Y luego... con la rapidez que siempre había tenido, salí de mi escondite y le disparé.Si había algo en lo que destacaba, era mi puntería. A lo mejor era torpe y descuidada, incapaz de reconocer un demonio que se paseaba ante mis narices... pero nadie me ganaba en puntería.La flecha de plata impactó directo en su corazón. O bueno, el lugar donde ellos deberían tener un alma o algo así. Jezebel se la quitó rapidamente, pero ya era demasiado tarde. Del punto donde había estado la flecha comenzaba a manar un viscoso líquido oscuro como el carbón. Su imagen se fue desvaneciendo... Y así, de a poco y entre improperios y gritos desgarradores, el demonio desapareció para siempre. Lo único que quedaba era su cuerpo humano, que tenía una herida mortal en el corazón y las ropas manchadas de sangre.
Regresé a mi condición mundana.Entonces William entró en la habitación destrozada y se dirigió a la castaña, asustadísimo.
* * *
Mi Protegido jamás me perdonó por lo que había hecho. Ante la situación con la que se encontró cuando regresó al departamento, no pudo más que deducir que yo había matado a su novia, su amor. Y como los ángeles no podemos mentir (excepto en cuanto a nuestra naturaleza), cuando me preguntó tuve que aceptarlo.Luego siguieron sus acusaciones acerca de celos desquiciados y enfermedades mentales, pero intenté no inmutarme por aquéllas mentiras.Mi yo anterior fácilmente le habría develado que era un ángel y la verdadera razón por la que había matado a Jezebel, aceptando el precio de perder mi lugar en el Cielo y mi oficio de Guardiana, nada más que para no soportar que Will no me dirigiera la palabra.Pero había aprendido mi lección. Todo lo que él me había hecho pasar y el enfrentamiento con el demonio me habían servido para aprender que no me dejaría afectar por un humano cuyas emociones y pensamientos eran tan volátiles como el tiempo. Intentaría que me perdonase, sí, y lo seguiría cuidando por el resto de su vida mortal, amándolo de forma que un padre ama a su hijo. Y luego me sería asignado otro Protegido al que adoraría de la misma manera, y así continuaría la cadena por el resto de la eternidad, una eternidad feliz.
A lo mejor hallaba un compañero en el cielo, pero eso ya no se encontraba en primer plano para mí. Mi prioridad era proteger. Después de todo, yo era un Ángel Guardián, y eso es lo que los ángeles deben hacer.
FIN
EL CIRNO NOCTURNO **Sofía M. Fernández**
Extracto:
Durante el día, LAS BESTIAS dormían agazapadas en sus jaulas oxidadas y envueltas por las tinieblas. Dormían, ajenas al mundo y al hambre. Ajenas al sol, pero dueñas de la noche y sus delicias, divas ofídicas, aterciopeladas y sumisas por añadidura, se vestían de seda y perfumaban su pelaje con las fragancias que disfrazaban el hedor animal...
Muy lejos del hogar de las bestias estaba el sitio donde habían nacido. Las incubadoras permanecían intactas, pero los científicos eran más viejos: sus miradas, más cansadas, sus arranques de furia, más frecuentes. El fracaso era la peor bestia de todas. Los errores se sucedían día a día y la muerte era la única solución, la perfecta escapatoria. Borrón y cuenta nueva en el inventario terrible de las vísceras robadas. La sangre contaminada fluía por el desagüe, ríos escarlata con sabor a desesperación y a cobre podrido.
CHRONE era el miembro más joven de aquella secta de lunáticos y el que tenía en su currículum la mayor cantidad de desgracias. Había dejado ciego a un conejo con la luz de la incubadora. Después de muchos meses, el desdichado animal transgénico había desaparecido. Y luego de cinco años, ya nadie se acordaba de él. Ni siquiera Chrone. El olvido era una bendición, una gracia divina.
Lo mismo había sucedido con un perro hacía veinte años.
Y con el gato hacía quince.
Y con el ratón hacía diez.
Y Chrone estaba seguro de que las cosas serían iguales para aquella infeliz serpiente. Mas no fue así: luego de más de cincuenta años habían logrado un pequeño éxito.
Pero la Desgracia se presentó en los laboratorios aquella noche de invierno, materializada en el fuego que lo arrasó todo. Exigió sacrificio de carne y de sangre y devoró con gula jadeante los metros cuadrados más importantes.
Con denodados esfuerzos y capitales extranjeros, los científicos y los ingenieros reconstruyeron los laboratorios Jezabel. Pero nada era lo mismo. La serpiente había muerto y los datos de su creación ahora eran cenizas.
Historia:
Una exaltada multitud se arremolinaba bajo la fachada del nuevo salón de la Arkham Avenue. Se llamaba Circus y brillaba con toda la macabra fantasía de su cartel de neón fucsia. Nadie sabía el motivo de aquel nombre y todos querían averiguarlo. Y Chrone también.
Cuando entró, el aroma del incienso le llegó tan sólido como el cuerpo que bailaba sobre el escenario. Era una joven terriblemente hermosa, si es que a la Hermosura no le ofende llevar tal adjetivo. Esbelta, de cabello rubio con reflejos rojos; sus largas piernas desnudas se enredaban entre los lazos de seda como un bebé ahorcándose con el cordón umbilical. Chrone estaba hipnotizado con el brillo de aquella piel, con aquellas pupilas alargadas y con la lluvia sanguinolenta de esos cabellos rojos que se mezclaban en el manantial dorado.
—Se llama TABBY[1] —oyó que decía alguien.
Era el tercer orfanato del que se escapaba y estaba seguro de que nadie lo echaría de menos. Mejor así. Detestaba a todas aquellas mujeres vestidas de negro que se pasaban horas y horas rezando el rosario. Pero mucho más odiaba (y no sin motivos) a aquel tipo que iba una vez por semana para llevárselos a un cuarto oscuro y oír todos sus pecados. Con sus diecisiete años, DEMIAN ya sabía cuáles eran sus pecados favoritos.
—Eres una serpiente –decía siempre aquel hombre. Y Demian sospechaba que tenía razón.
TYPHOON era el dueño y el regente de Circus. Saltándose todo protocolo, solía vérselo detrás de la barra manipulando botellas y vasos con la maestría que es fruto de los años de práctica. Desde que había quemado sus libros de manipulación genética, horrorizado por los experimentos que se llevaban a cabo en los laboratorios clandestinos, se dedicaba a expiar sus pecados junto a las bestias huérfanas.
Pero, a diferencia de ellas, él no vestía ningún disfraz. Su atuendo consistía en el delantal negro, la camisa y la sonrisa. Los llevaba todas las noches, y los llevaba cuando conoció a Demian. Pero en cuanto oyó su petición, la sonrisa se le esfumó del rostro.
—No calificas —escupió, con desprecio.
—Anda, vamos... Te aseguro que lo haría muy bien.
—Ya te lo he dicho —insistió Typhoon. Se inclinó por encima de la barra y le dijo, remarcando cada palabra con crueldad—: no eres como ellos.
Demian se giró para observar a las bestias. Una (la acróbata que estaba en el escenario, enredada entre los lazos de seda) era esbelta y tenía el cabello teñido de rubio y rojo. El segundo (Demian lo identificó por el collar) estaba con la espalda apoyada sobre una columna. Era muy atractivo y no mostraba ningún interés en las miradas que le arrojaban los clientes como dardos envenenados.
—¿Quién es él? —preguntó Demian.
—SCHERBEROS[2].
Demian se volteó hacia Typhoon, algo turbado. En verdad no estaba a la altura de aquellos dos.
—¿No tienes algún trabajo para ofrecerme? Lo que sea.
Typhoon alzó las cejas, divertido. Tenía dinero para contratar un sirviente.
—Está bien. Sígueme.
—Dios… —dijo Demian. Pensaba que nada podría superar al vertedero de Urimagüe Town, pero en ese sitio los olores se habrían levantado para saludarle—. Dios —repitió.
Ante él se desdibujaban, con toda su odiosa y pestilente suciedad, unos enormes confesionarios de barrotes oxidados. Demian se tambaleó y se aferró de una puerta de metal. Asqueado, sacó la mano como si se hubiese quemado, observando con patética repugnancia la lámina de baba traslúcida que se le escurría por los dedos.
—Tienes que limpiar las cuatro jaulas antes de las cinco de la mañana —dijo Typhoon—. Te pagaré cuando termines. —Y sin decir más, Typhoon cerró la puerta de la Cámara de las Bestias.
Durante el día, las jaulas cumplían la pacífica tarea de mantener las bestias encerradas. Allí, ellas descansaban de la noche y digerían las comidas ganadas con sudor y esfuerzo animal. Pero las jaulas sabían su secreto y por eso las bestias las odiaban. Detrás de los barrotes se escondía su miserable y verdadera naturaleza: la mugre de sus uñas, sus excrementos y su orina, el pelaje maloliente y los parásitos internos. Las jaulas eran el infierno y Typhoon, el Caronte carcelero.
Pero ellas no odiaban a Typhoon, ¿cómo hacerlo?
Ellas lo amaban con toda la furia de sus corazones de bestia porque era el único que les daba cobijo. Cada cinco años, un nuevo animal transgénico creado en Jezabel llegaba a sus brazos y Typhoon lo cuidaba con todo el sangrante amor de quien se arrepiente de sus pecados.
Cuando Demian se metió en la primera jaula para limpiar las heces, sintió una extraña conexión con aquel aroma rancio y penetrante. Una sensación de deja-vù que bien podría haberle adjudicado al sueño y al hambre.
Pero no era cierto, porque la jaula sintió lo mismo.
Lo que Demian percibió fue que conocía al animal que dormía allí durante el día. Pero eso era absurdo, imposible, ridículo.
—¿Hola? —exclamó, dándose la vuelta.
—¿Quién eres tú?
Demian se sobresaltó y cayó sentado sobre los excrementos. Un chico flaco y enjuto le miraba desde la jaula más pequeña, sosteniendo una manzana entre sus manos. Le dio una mordida a la manzana y el sonido de succión retumbó en la sala y en los oídos de Demian como un gigantesco gong.
—Mierda... casi me matas del susto.
El chico abrió la puerta de la jaula y salió.
—Lo siento —se disculpó—. No te conozco, ¿eres nuevo?
Demian frunció el ceño y parpadeó. Podía ser que fuera culpa del sueño pero bien parecía que estaba contemplando un fantasma. Blanco como la cera, como la nieve, como la coca, el chico-fantasma sonreía con unos dientes tan blancos como la cera, como la nieve y como la coca, y una lengua rosada y sedosa lamía el jugo que fluía de la manzana. Demian sintió náuseas. Odiaba el olor de las manzanas. Y también odiaba los fantasmas.
—¿Vienes de una fiesta de disfraces o qué? —rió, sacudiéndose los pantalones, contemplando con sorna aquella pequeña alimaña blanca. El fantasma juntó sus cejas pálidas por encima de sus ojos rosados. Ups. Demian no se acordaba el nombre de aquella enfermedad. Albi… Albi… ¿Albinismo?—. Oye, lo siento, no quise...
—Está bien —susurró el albino, encogiéndose de hombros—. Hoy no me sentía bien y Typhoon dejó que me quedara descansando —comentó, abriendo su boca coralina y engullendo la manzana de un bocado. Demian observó con repulsión las dos largas paletas nacaradas—. Pero ya me siento mejor.
—Qué bueno.
—Me llamo BUNNY[3] —exclamó el albino, chupándose los dedos, limpiándolos en su trajecito de satén rosa y alargando una mano pálida.
—Demian —respondió, estrechándola. Fue entonces cuando, teniéndolo ahora tan cerca, pudo confirmar su sospecha: sacó la lengua con una mueca y puso los ojos en blanco. El chico permaneció impávido, con la mirada perdida.
Como bien lo había imaginado: era ciego.
Y no era humano.
Con los sentidos extasiados, Demian se abalanzó sobre él.
[1] Tabby: gato atigrado, en inglés.
[2] Juego con el nombre de Cerbero, el perro del Inframundo.
[3] Bunny: conejito, en inglés.
FIN
*Sophie
Extracto:
Durante el día, LAS BESTIAS dormían agazapadas en sus jaulas oxidadas y envueltas por las tinieblas. Dormían, ajenas al mundo y al hambre. Ajenas al sol, pero dueñas de la noche y sus delicias, divas ofídicas, aterciopeladas y sumisas por añadidura, se vestían de seda y perfumaban su pelaje con las fragancias que disfrazaban el hedor animal...
Muy lejos del hogar de las bestias estaba el sitio donde habían nacido. Las incubadoras permanecían intactas, pero los científicos eran más viejos: sus miradas, más cansadas, sus arranques de furia, más frecuentes. El fracaso era la peor bestia de todas. Los errores se sucedían día a día y la muerte era la única solución, la perfecta escapatoria. Borrón y cuenta nueva en el inventario terrible de las vísceras robadas. La sangre contaminada fluía por el desagüe, ríos escarlata con sabor a desesperación y a cobre podrido.
CHRONE era el miembro más joven de aquella secta de lunáticos y el que tenía en su currículum la mayor cantidad de desgracias. Había dejado ciego a un conejo con la luz de la incubadora. Después de muchos meses, el desdichado animal transgénico había desaparecido. Y luego de cinco años, ya nadie se acordaba de él. Ni siquiera Chrone. El olvido era una bendición, una gracia divina.
Lo mismo había sucedido con un perro hacía veinte años.
Y con el gato hacía quince.
Y con el ratón hacía diez.
Y Chrone estaba seguro de que las cosas serían iguales para aquella infeliz serpiente. Mas no fue así: luego de más de cincuenta años habían logrado un pequeño éxito.
Pero la Desgracia se presentó en los laboratorios aquella noche de invierno, materializada en el fuego que lo arrasó todo. Exigió sacrificio de carne y de sangre y devoró con gula jadeante los metros cuadrados más importantes.
Con denodados esfuerzos y capitales extranjeros, los científicos y los ingenieros reconstruyeron los laboratorios Jezabel. Pero nada era lo mismo. La serpiente había muerto y los datos de su creación ahora eran cenizas.
Historia:
Una exaltada multitud se arremolinaba bajo la fachada del nuevo salón de la Arkham Avenue. Se llamaba Circus y brillaba con toda la macabra fantasía de su cartel de neón fucsia. Nadie sabía el motivo de aquel nombre y todos querían averiguarlo. Y Chrone también.
Cuando entró, el aroma del incienso le llegó tan sólido como el cuerpo que bailaba sobre el escenario. Era una joven terriblemente hermosa, si es que a la Hermosura no le ofende llevar tal adjetivo. Esbelta, de cabello rubio con reflejos rojos; sus largas piernas desnudas se enredaban entre los lazos de seda como un bebé ahorcándose con el cordón umbilical. Chrone estaba hipnotizado con el brillo de aquella piel, con aquellas pupilas alargadas y con la lluvia sanguinolenta de esos cabellos rojos que se mezclaban en el manantial dorado.
—Se llama TABBY[1] —oyó que decía alguien.
Era el tercer orfanato del que se escapaba y estaba seguro de que nadie lo echaría de menos. Mejor así. Detestaba a todas aquellas mujeres vestidas de negro que se pasaban horas y horas rezando el rosario. Pero mucho más odiaba (y no sin motivos) a aquel tipo que iba una vez por semana para llevárselos a un cuarto oscuro y oír todos sus pecados. Con sus diecisiete años, DEMIAN ya sabía cuáles eran sus pecados favoritos.
—Eres una serpiente –decía siempre aquel hombre. Y Demian sospechaba que tenía razón.
TYPHOON era el dueño y el regente de Circus. Saltándose todo protocolo, solía vérselo detrás de la barra manipulando botellas y vasos con la maestría que es fruto de los años de práctica. Desde que había quemado sus libros de manipulación genética, horrorizado por los experimentos que se llevaban a cabo en los laboratorios clandestinos, se dedicaba a expiar sus pecados junto a las bestias huérfanas.
Pero, a diferencia de ellas, él no vestía ningún disfraz. Su atuendo consistía en el delantal negro, la camisa y la sonrisa. Los llevaba todas las noches, y los llevaba cuando conoció a Demian. Pero en cuanto oyó su petición, la sonrisa se le esfumó del rostro.
—No calificas —escupió, con desprecio.
—Anda, vamos... Te aseguro que lo haría muy bien.
—Ya te lo he dicho —insistió Typhoon. Se inclinó por encima de la barra y le dijo, remarcando cada palabra con crueldad—: no eres como ellos.
Demian se giró para observar a las bestias. Una (la acróbata que estaba en el escenario, enredada entre los lazos de seda) era esbelta y tenía el cabello teñido de rubio y rojo. El segundo (Demian lo identificó por el collar) estaba con la espalda apoyada sobre una columna. Era muy atractivo y no mostraba ningún interés en las miradas que le arrojaban los clientes como dardos envenenados.
—¿Quién es él? —preguntó Demian.
—SCHERBEROS[2].
Demian se volteó hacia Typhoon, algo turbado. En verdad no estaba a la altura de aquellos dos.
—¿No tienes algún trabajo para ofrecerme? Lo que sea.
Typhoon alzó las cejas, divertido. Tenía dinero para contratar un sirviente.
—Está bien. Sígueme.
—Dios… —dijo Demian. Pensaba que nada podría superar al vertedero de Urimagüe Town, pero en ese sitio los olores se habrían levantado para saludarle—. Dios —repitió.
Ante él se desdibujaban, con toda su odiosa y pestilente suciedad, unos enormes confesionarios de barrotes oxidados. Demian se tambaleó y se aferró de una puerta de metal. Asqueado, sacó la mano como si se hubiese quemado, observando con patética repugnancia la lámina de baba traslúcida que se le escurría por los dedos.
—Tienes que limpiar las cuatro jaulas antes de las cinco de la mañana —dijo Typhoon—. Te pagaré cuando termines. —Y sin decir más, Typhoon cerró la puerta de la Cámara de las Bestias.
Durante el día, las jaulas cumplían la pacífica tarea de mantener las bestias encerradas. Allí, ellas descansaban de la noche y digerían las comidas ganadas con sudor y esfuerzo animal. Pero las jaulas sabían su secreto y por eso las bestias las odiaban. Detrás de los barrotes se escondía su miserable y verdadera naturaleza: la mugre de sus uñas, sus excrementos y su orina, el pelaje maloliente y los parásitos internos. Las jaulas eran el infierno y Typhoon, el Caronte carcelero.
Pero ellas no odiaban a Typhoon, ¿cómo hacerlo?
Ellas lo amaban con toda la furia de sus corazones de bestia porque era el único que les daba cobijo. Cada cinco años, un nuevo animal transgénico creado en Jezabel llegaba a sus brazos y Typhoon lo cuidaba con todo el sangrante amor de quien se arrepiente de sus pecados.
Cuando Demian se metió en la primera jaula para limpiar las heces, sintió una extraña conexión con aquel aroma rancio y penetrante. Una sensación de deja-vù que bien podría haberle adjudicado al sueño y al hambre.
Pero no era cierto, porque la jaula sintió lo mismo.
Lo que Demian percibió fue que conocía al animal que dormía allí durante el día. Pero eso era absurdo, imposible, ridículo.
—¿Hola? —exclamó, dándose la vuelta.
—¿Quién eres tú?
Demian se sobresaltó y cayó sentado sobre los excrementos. Un chico flaco y enjuto le miraba desde la jaula más pequeña, sosteniendo una manzana entre sus manos. Le dio una mordida a la manzana y el sonido de succión retumbó en la sala y en los oídos de Demian como un gigantesco gong.
—Mierda... casi me matas del susto.
El chico abrió la puerta de la jaula y salió.
—Lo siento —se disculpó—. No te conozco, ¿eres nuevo?
Demian frunció el ceño y parpadeó. Podía ser que fuera culpa del sueño pero bien parecía que estaba contemplando un fantasma. Blanco como la cera, como la nieve, como la coca, el chico-fantasma sonreía con unos dientes tan blancos como la cera, como la nieve y como la coca, y una lengua rosada y sedosa lamía el jugo que fluía de la manzana. Demian sintió náuseas. Odiaba el olor de las manzanas. Y también odiaba los fantasmas.
—¿Vienes de una fiesta de disfraces o qué? —rió, sacudiéndose los pantalones, contemplando con sorna aquella pequeña alimaña blanca. El fantasma juntó sus cejas pálidas por encima de sus ojos rosados. Ups. Demian no se acordaba el nombre de aquella enfermedad. Albi… Albi… ¿Albinismo?—. Oye, lo siento, no quise...
—Está bien —susurró el albino, encogiéndose de hombros—. Hoy no me sentía bien y Typhoon dejó que me quedara descansando —comentó, abriendo su boca coralina y engullendo la manzana de un bocado. Demian observó con repulsión las dos largas paletas nacaradas—. Pero ya me siento mejor.
—Qué bueno.
—Me llamo BUNNY[3] —exclamó el albino, chupándose los dedos, limpiándolos en su trajecito de satén rosa y alargando una mano pálida.
—Demian —respondió, estrechándola. Fue entonces cuando, teniéndolo ahora tan cerca, pudo confirmar su sospecha: sacó la lengua con una mueca y puso los ojos en blanco. El chico permaneció impávido, con la mirada perdida.
Como bien lo había imaginado: era ciego.
Y no era humano.
Con los sentidos extasiados, Demian se abalanzó sobre él.
[1] Tabby: gato atigrado, en inglés.
[2] Juego con el nombre de Cerbero, el perro del Inframundo.
[3] Bunny: conejito, en inglés.
FIN
*Sophie
DÍAS COMO PERIODISTA **Nuria Navarrete**
Prólogo:
Recuerdo el día que termine la carrera, estaba tan feliz por ser al fin periodista… Nada me hacía pensar que acabaría aquí, trabajando como masajista en un spa. También recuerdo el día que me dieron mi primer trabajo como reportera, para un programa de documentales; la emoción de tener un sueldo, las caras nuevas… tampoco imaginaba que cinco meses más tarde todo se habría vuelto gris. Tres años después de aquel día en el que acabé periodismo, y dos y medio más tarde de encontrar mi primer trabajo, mi vida ha cambiado totalmente, cambié de trabajo, empecé de nuevo, y he luchado por olvidar mi época como reportera. Pero una llamada de teléfono ha reavivado todos esos recuerdos, los cuatro meses y medio que fui periodista.
Historia:
Hacía cerca de medio año que había dejado la universidad, como todas las mañanas, encendí mi portátil en busca de un trabajo; la diferencia la marcó una llamada, era de uno de los lugares donde había entregado mi currículum, querían que fuese a una entrevista. Una semana más tarde, me volvieron a llamar, tenía trabajo como periodista, en un programa de reportajes y documentales.
Todo era nuevo para mí, un montón de caras nuevas y miles de ilusiones; pronto descubrí que no era la única que andaba perdida en la recepción, había otro chico nuevo, y al otro lado de la sala había otras tres chicas, dos gemelas rubias y una chica morena que parecía unos años mayor que los demás.
Nos reunieron a todos en una sala hasta que llegó la mujer que nos había entrevistado. Descubrí que las gemelas se llamaban Ana y Andrea, el chico, Carlos; y la chica morena, Pilar, era tres años mayor que los demás. Además ella y Ana eran cámaras, mientras que Carlos, Andrea y yo nos encargábamos del montaje y demás.
Durante las semanas siguientes nos dividieron, íbamos con otros compañeros, más veteranos a grabar los programas. Yo estaba en un grupo con Pilar, y las gemelas iban con Carlos. Aun así, nos reuníamos todos a menudo, como grupo de amigos.
La sorpresa nos llegó después de Navidad, se iba a grabar un programa en un pequeño pueblo de los Pirineos, hasta ahí todo normal; la alegría vino cuando dijeron los nombres de los integrantes del equipo; habíamos conseguido la suficiente confianza para ir los cinco en el mismo grupo. Grabaríamos el documental juntos.
Llegó el día de partir, llevábamos una furgoneta de seis plazas y un considerable espacio de carga, algo vieja pero resistente. Metimos el equipo en la parte de atrás y montamos. Conducía Carlos, y a su lado iban las gemelas, en los asientos traseros íbamos Pilar y yo. El viaje no se hizo demasiado largo y por fin llegamos al pueblo.
Pronto encontramos la pensión donde nos alojábamos, me llamaron la atención las miradas de la gente, denotaban una mezcla entre sorpresa y preocupación al vernos; era lógico, pensé, en un pueblo tan pequeño los forasteros no debían de abundar, y podía preocuparles que diéramos una mala imagen del lugar. Al menos, eso pensaba yo entonces.
Nos acogieron bien, eran en su mayoría personas mayores, que habían vivido allí siempre; nos trataban como si fuésemos sus hijos, siempre cariñosos y atentos, y sobre todo, preocupándose por nosotros.
Los dos días siguientes nos dedicamos únicamente al rodaje, apenas pisábamos el pueblo, sólo para dormir. Tuvimos suerte, o eso pensamos, teníamos dos cámaras, y enseguida conseguimos los planos deseados de la fauna, la flora y los verdes paisajes del lugar. Aquella tarde volvimos al pueblo con una sensación de total satisfacción, sólo quedaba montar y todavía teníamos dos días de estancia.
Pedimos a Manuel, el dueño de la pensión que nos enseñara el pueblo; al principio no parecía demasiado entusiasmado, pero finalmente aceptó, aunque tengo la impresión de que hubiese accedido a cualquier petición que hubiésemos hecho.
Recorrimos el pueblo, parando para ver mejor la iglesia y las casas más antiguas. Había algo extraño en las estrechas calles, demasiados coches para tan pocos habitantes. Los demás también se habían percatado, al acercarse a uno de los que parecía, llevaban más tiempo parados, Ana se dio cuenta de que tenía agujeros por todo el parabrisas; vimos que había un par de coches más con esa particularidad. Le preguntamos a Manuel por las causas y todo se volvió extraño, su gesto cambió, se volvió intranquilo y el ambiente se puso tenso; nos contestó que habrían sido los chavales del pueblo tirando piedras y nos hizo volver apresuradamente a la pensión.
Después de cenar nos reunimos los cinco en una habitación, estuvimos jugando a las cartas hasta que Pilar nos propuso algo, todavía recuerdo sus palabras exactas: <<¿Y si ampliamos el reportaje? Todavía tenemos dos días, podríamos seguir grabando, en el pueblo, como una segunda parte… Pensadlo, quizás a los jefes les guste y seguro que atraeríamos algo de turismo a esta zona…>>
Al principio nos sorprendió la idea, pero después del discurso pronunciado por Pilar estábamos dispuestos a hacerlo. No teníamos nada que perder, o eso creíamos.
A la mañana siguiente nos reunimos para desayunar antes de salir a grabar. Les contamos a Manuel y a su mujer el plan del día y noté como intercambiaban una mirada de preocupación, pero nos marchamos antes de que pudiese preguntar el motivo.
Tomamos varios planos de todo el pueblo desde diferentes lugares, así como de las iglesias, patios fuentes y demás construcciones que creímos oportuno. En aquel momento me pareció una tontería, pero cuando entramos en la pensión creí percibir una oleada de alivio que se extendía por todos los rostros allí presentes.
Era el último día que pasaríamos allí y fuera había una densa niebla, por lo que intentar sacar un buen plano de algo era una misión imposible, las gemelas dieron con la solución, podríamos entrevistar a la gente del pueblo sobre su historia.
Por lo general, se escondían al ver las cámaras y ninguno aceptaba responder a nuestras preguntas. Por fin, dimos con un hombre que parecía inmensamente anciano, pero que aceptó concedernos unos minutos delante del micrófono.
Sus respuestas fueron enigmáticas desde el principio, y al preguntarle por la historia del pueblo comentó que tenía “partes oscuras”; cuando le preguntamos por ellas nos contó la historia de un loco que vivía en el pueblo y que en un arrebato, había acabado con la vida de cinco vecinos que acababan de instalarse en el pueblo. Todo el mundo sabía del asesino, que siguió viviendo allí, pero nadie investigó en un lugar tan pequeño.
Ya de vuelta en la pensión, los dueños aceptaron hacerse un poco de publicidad, aunque no parecían muy convencidos. La cena fue especial, a la mañana siguiente volvíamos a casa.
Por fin cerramos el portón trasero de la furgoneta, ya estaba dentro todo el material, sólo faltaba la cámara que llevaba Pilar, habíamos decidido grabar nuestra furgoneta alejándose como final del reportaje. Subimos, conducía Carlos, Ana y Andrea iban delante, yo iba sola detrás, a la espera de que montase Pilar.
La calle estaba en pendiente y la furgoneta comenzó a descender, entonces le vi. Un hombre relativamente joven que, estaba segura, no había visto antes; tenía una mirada extraña y llevaba un folio en la mano. Quise abrir la ventanilla y decirle a Pilar que montase, ya buscaríamos otro modo de terminar el documental. Pero en el momento en el que alcancé la ventanilla, el hombre ya estaba junto a Pilar; vi como sacaba un arma, y como disparaba a mi sorprendida amiga. Intenté gritar, pero apenas solté un aullido ahogado, dos disparos resonaron. Carlos hizo una maniobra rápida y dio media vuelta, sin ser consciente todavía de lo que estaba pasando.
Pasamos al lado del lugar donde yacía tirada Pilar, vi a Carlos intentando abrir la puerta, pero entonces volvimos a escuchar disparos, pero esta vez atravesaron los cristales de la furgoneta. Teníamos que huir. Carlos volvió a su posición de conductor y aceleró, el hombre nos seguía, disparando. De repente la furgoneta frenó. Me sorprendí al comprobar que podía abrir los ojos, seguía viva; miré al frente, la calle estaba cortada, el loco se acercaba apuntándonos. Conseguí gritarle a Carlos:
- ¡Tienes que dar marcha atrás!
- Le atropellaremos…- murmuró con una voz entre confusa y desconcertada.
- ¡Ha disparado a Pilar!- repuse. En ese momento se me quebró la voz.
Con un acelerón salimos disparados hacia atrás, escuché otro disparo, y después, el impacto de un cuerpo contra la parte trasera de la furgoneta.
Nos encontrábamos a pocos metros de la pensión, Manuel y su mujer salieron al oír nuestros gritos, conseguí salir de la furgoneta, y ayudé a que salieran las gemelas; una de ellas, Andrea, estaba inconsciente, una de las balas la había alcanzado, entre Ana y yo la tendimos en el suelo. Escuché a la dueña de la pensión murmurarle a su marido.
- Te dije que volvería a pasar. Habían tenido demasiada suerte hasta ahora.
¿Qué estaba pasando? Comencé a recordar detalles de nuestra estancia, algunos en los que ni siquiera había reparado antes: las miradas de preocupación de los vecinos, su manera de consentirnos todo lo que queríamos, que ahora me recordaba al trato que se le da a una persona que es consciente de que va a morir; la historia que nos había contado aquel anciano, los agujeros redondos en las lunas de los coches, exactamente iguales a los que ahora tenía nuestra furgoneta… Todo iba bien, y ahora Andrea estaba inconsciente, Ana lloraba a su lado, y Pilar… reprimí una arcada al pensar en ella, había muerto, la habían asesinado. Todo se volvió confuso, sólo recuerdo que pude ver el folio que llevaba en la mano el asesino, decía: “ADIÓS A LOS REPORTEROS, UNA VEZ MÁS NUESTRO PUEBLO PODRÁ VIVIR EN PAZ”
Hoy mi vida es totalmente diferente, tengo otro trabajo y nuevos amigos. Pero una llamada de Carlos ha reavivado mis recuerdos. Hoy nos reuniremos de nuevo, todos menos Pilar. Andrea tiene secuelas cerebrales y Ana no se separa nunca de ella; ninguno hemos conseguido superarlo totalmente.
El motivo de nuestra reunión, paradójicamente, es un reportaje sobre aquel pequeño infierno de los Pirineos. Unos periodistas han decidido ir allí para contar nuestra historia. Todos han vuelto a sus casas, tuvieron más suerte que nosotros.
Prólogo:
Recuerdo el día que termine la carrera, estaba tan feliz por ser al fin periodista… Nada me hacía pensar que acabaría aquí, trabajando como masajista en un spa. También recuerdo el día que me dieron mi primer trabajo como reportera, para un programa de documentales; la emoción de tener un sueldo, las caras nuevas… tampoco imaginaba que cinco meses más tarde todo se habría vuelto gris. Tres años después de aquel día en el que acabé periodismo, y dos y medio más tarde de encontrar mi primer trabajo, mi vida ha cambiado totalmente, cambié de trabajo, empecé de nuevo, y he luchado por olvidar mi época como reportera. Pero una llamada de teléfono ha reavivado todos esos recuerdos, los cuatro meses y medio que fui periodista.
Historia:
Hacía cerca de medio año que había dejado la universidad, como todas las mañanas, encendí mi portátil en busca de un trabajo; la diferencia la marcó una llamada, era de uno de los lugares donde había entregado mi currículum, querían que fuese a una entrevista. Una semana más tarde, me volvieron a llamar, tenía trabajo como periodista, en un programa de reportajes y documentales.
Todo era nuevo para mí, un montón de caras nuevas y miles de ilusiones; pronto descubrí que no era la única que andaba perdida en la recepción, había otro chico nuevo, y al otro lado de la sala había otras tres chicas, dos gemelas rubias y una chica morena que parecía unos años mayor que los demás.
Nos reunieron a todos en una sala hasta que llegó la mujer que nos había entrevistado. Descubrí que las gemelas se llamaban Ana y Andrea, el chico, Carlos; y la chica morena, Pilar, era tres años mayor que los demás. Además ella y Ana eran cámaras, mientras que Carlos, Andrea y yo nos encargábamos del montaje y demás.
Durante las semanas siguientes nos dividieron, íbamos con otros compañeros, más veteranos a grabar los programas. Yo estaba en un grupo con Pilar, y las gemelas iban con Carlos. Aun así, nos reuníamos todos a menudo, como grupo de amigos.
La sorpresa nos llegó después de Navidad, se iba a grabar un programa en un pequeño pueblo de los Pirineos, hasta ahí todo normal; la alegría vino cuando dijeron los nombres de los integrantes del equipo; habíamos conseguido la suficiente confianza para ir los cinco en el mismo grupo. Grabaríamos el documental juntos.
Llegó el día de partir, llevábamos una furgoneta de seis plazas y un considerable espacio de carga, algo vieja pero resistente. Metimos el equipo en la parte de atrás y montamos. Conducía Carlos, y a su lado iban las gemelas, en los asientos traseros íbamos Pilar y yo. El viaje no se hizo demasiado largo y por fin llegamos al pueblo.
Pronto encontramos la pensión donde nos alojábamos, me llamaron la atención las miradas de la gente, denotaban una mezcla entre sorpresa y preocupación al vernos; era lógico, pensé, en un pueblo tan pequeño los forasteros no debían de abundar, y podía preocuparles que diéramos una mala imagen del lugar. Al menos, eso pensaba yo entonces.
Nos acogieron bien, eran en su mayoría personas mayores, que habían vivido allí siempre; nos trataban como si fuésemos sus hijos, siempre cariñosos y atentos, y sobre todo, preocupándose por nosotros.
Los dos días siguientes nos dedicamos únicamente al rodaje, apenas pisábamos el pueblo, sólo para dormir. Tuvimos suerte, o eso pensamos, teníamos dos cámaras, y enseguida conseguimos los planos deseados de la fauna, la flora y los verdes paisajes del lugar. Aquella tarde volvimos al pueblo con una sensación de total satisfacción, sólo quedaba montar y todavía teníamos dos días de estancia.
Pedimos a Manuel, el dueño de la pensión que nos enseñara el pueblo; al principio no parecía demasiado entusiasmado, pero finalmente aceptó, aunque tengo la impresión de que hubiese accedido a cualquier petición que hubiésemos hecho.
Recorrimos el pueblo, parando para ver mejor la iglesia y las casas más antiguas. Había algo extraño en las estrechas calles, demasiados coches para tan pocos habitantes. Los demás también se habían percatado, al acercarse a uno de los que parecía, llevaban más tiempo parados, Ana se dio cuenta de que tenía agujeros por todo el parabrisas; vimos que había un par de coches más con esa particularidad. Le preguntamos a Manuel por las causas y todo se volvió extraño, su gesto cambió, se volvió intranquilo y el ambiente se puso tenso; nos contestó que habrían sido los chavales del pueblo tirando piedras y nos hizo volver apresuradamente a la pensión.
Después de cenar nos reunimos los cinco en una habitación, estuvimos jugando a las cartas hasta que Pilar nos propuso algo, todavía recuerdo sus palabras exactas: <<¿Y si ampliamos el reportaje? Todavía tenemos dos días, podríamos seguir grabando, en el pueblo, como una segunda parte… Pensadlo, quizás a los jefes les guste y seguro que atraeríamos algo de turismo a esta zona…>>
Al principio nos sorprendió la idea, pero después del discurso pronunciado por Pilar estábamos dispuestos a hacerlo. No teníamos nada que perder, o eso creíamos.
A la mañana siguiente nos reunimos para desayunar antes de salir a grabar. Les contamos a Manuel y a su mujer el plan del día y noté como intercambiaban una mirada de preocupación, pero nos marchamos antes de que pudiese preguntar el motivo.
Tomamos varios planos de todo el pueblo desde diferentes lugares, así como de las iglesias, patios fuentes y demás construcciones que creímos oportuno. En aquel momento me pareció una tontería, pero cuando entramos en la pensión creí percibir una oleada de alivio que se extendía por todos los rostros allí presentes.
Era el último día que pasaríamos allí y fuera había una densa niebla, por lo que intentar sacar un buen plano de algo era una misión imposible, las gemelas dieron con la solución, podríamos entrevistar a la gente del pueblo sobre su historia.
Por lo general, se escondían al ver las cámaras y ninguno aceptaba responder a nuestras preguntas. Por fin, dimos con un hombre que parecía inmensamente anciano, pero que aceptó concedernos unos minutos delante del micrófono.
Sus respuestas fueron enigmáticas desde el principio, y al preguntarle por la historia del pueblo comentó que tenía “partes oscuras”; cuando le preguntamos por ellas nos contó la historia de un loco que vivía en el pueblo y que en un arrebato, había acabado con la vida de cinco vecinos que acababan de instalarse en el pueblo. Todo el mundo sabía del asesino, que siguió viviendo allí, pero nadie investigó en un lugar tan pequeño.
Ya de vuelta en la pensión, los dueños aceptaron hacerse un poco de publicidad, aunque no parecían muy convencidos. La cena fue especial, a la mañana siguiente volvíamos a casa.
Por fin cerramos el portón trasero de la furgoneta, ya estaba dentro todo el material, sólo faltaba la cámara que llevaba Pilar, habíamos decidido grabar nuestra furgoneta alejándose como final del reportaje. Subimos, conducía Carlos, Ana y Andrea iban delante, yo iba sola detrás, a la espera de que montase Pilar.
La calle estaba en pendiente y la furgoneta comenzó a descender, entonces le vi. Un hombre relativamente joven que, estaba segura, no había visto antes; tenía una mirada extraña y llevaba un folio en la mano. Quise abrir la ventanilla y decirle a Pilar que montase, ya buscaríamos otro modo de terminar el documental. Pero en el momento en el que alcancé la ventanilla, el hombre ya estaba junto a Pilar; vi como sacaba un arma, y como disparaba a mi sorprendida amiga. Intenté gritar, pero apenas solté un aullido ahogado, dos disparos resonaron. Carlos hizo una maniobra rápida y dio media vuelta, sin ser consciente todavía de lo que estaba pasando.
Pasamos al lado del lugar donde yacía tirada Pilar, vi a Carlos intentando abrir la puerta, pero entonces volvimos a escuchar disparos, pero esta vez atravesaron los cristales de la furgoneta. Teníamos que huir. Carlos volvió a su posición de conductor y aceleró, el hombre nos seguía, disparando. De repente la furgoneta frenó. Me sorprendí al comprobar que podía abrir los ojos, seguía viva; miré al frente, la calle estaba cortada, el loco se acercaba apuntándonos. Conseguí gritarle a Carlos:
- ¡Tienes que dar marcha atrás!
- Le atropellaremos…- murmuró con una voz entre confusa y desconcertada.
- ¡Ha disparado a Pilar!- repuse. En ese momento se me quebró la voz.
Con un acelerón salimos disparados hacia atrás, escuché otro disparo, y después, el impacto de un cuerpo contra la parte trasera de la furgoneta.
Nos encontrábamos a pocos metros de la pensión, Manuel y su mujer salieron al oír nuestros gritos, conseguí salir de la furgoneta, y ayudé a que salieran las gemelas; una de ellas, Andrea, estaba inconsciente, una de las balas la había alcanzado, entre Ana y yo la tendimos en el suelo. Escuché a la dueña de la pensión murmurarle a su marido.
- Te dije que volvería a pasar. Habían tenido demasiada suerte hasta ahora.
¿Qué estaba pasando? Comencé a recordar detalles de nuestra estancia, algunos en los que ni siquiera había reparado antes: las miradas de preocupación de los vecinos, su manera de consentirnos todo lo que queríamos, que ahora me recordaba al trato que se le da a una persona que es consciente de que va a morir; la historia que nos había contado aquel anciano, los agujeros redondos en las lunas de los coches, exactamente iguales a los que ahora tenía nuestra furgoneta… Todo iba bien, y ahora Andrea estaba inconsciente, Ana lloraba a su lado, y Pilar… reprimí una arcada al pensar en ella, había muerto, la habían asesinado. Todo se volvió confuso, sólo recuerdo que pude ver el folio que llevaba en la mano el asesino, decía: “ADIÓS A LOS REPORTEROS, UNA VEZ MÁS NUESTRO PUEBLO PODRÁ VIVIR EN PAZ”
Hoy mi vida es totalmente diferente, tengo otro trabajo y nuevos amigos. Pero una llamada de Carlos ha reavivado mis recuerdos. Hoy nos reuniremos de nuevo, todos menos Pilar. Andrea tiene secuelas cerebrales y Ana no se separa nunca de ella; ninguno hemos conseguido superarlo totalmente.
El motivo de nuestra reunión, paradójicamente, es un reportaje sobre aquel pequeño infierno de los Pirineos. Unos periodistas han decidido ir allí para contar nuestra historia. Todos han vuelto a sus casas, tuvieron más suerte que nosotros.

























































0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada